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La curiosidad también se entrena

Actividades para niños que convierten un '¿por qué?' en una pequeña investigación


Preguntar es solo el principio. Observar, probar, comparar, equivocarse y buscar una explicación permite que la curiosidad infantil pase de ser una reacción espontánea a convertirse en una forma activa de descubrir el mundo.

Hay preguntas infantiles que parecen surgir de la nada.

¿Por qué algunas cosas flotan?

¿Qué habrá dentro de una semilla?

¿Por qué vemos nuestra cara en un espejo?

¿Podríamos construir algo que volara?

¿Qué ocurriría si mezcláramos estos dos colores?

A veces respondemos. Otras buscamos juntos la respuesta. Y muchas veces la conversación termina ahí.

Pero existe otra posibilidad: convertir la pregunta en algo que podamos hacer.

Porque la curiosidad no consiste solamente en querer saber. También puede llevar a observar, probar una idea, buscar información, comparar resultados y descubrir nuevas preguntas por el camino.

Y para eso no hace falta montar un laboratorio en casa.


De «quiero saber» a «vamos a comprobarlo»

Hay una diferencia importante entre recibir una respuesta y participar en su descubrimiento.

Imaginemos que un niño pregunta por qué un objeto flota.

Podemos explicárselo.

Pero también podemos llenar un recipiente con agua, reunir varios objetos y hacer predicciones:

«¿Cuáles crees que flotarán?»

Una piedra.

Un tapón.

Una cuchara.

Una hoja.

Una pieza de plástico.

Primero imaginamos qué sucederá. Después hacemos la prueba. Finalmente comparamos lo que pensábamos con lo que realmente ha ocurrido.

De repente, una pregunta cotidiana se ha convertido en una pequeña investigación.

No hace falta utilizar palabras como «hipótesis» o «experimentación» con los más pequeños. Lo importante es la estructura mental que estamos practicando: preguntar, anticipar, comprobar y volver a pensar.


Los experimentos infantiles no tienen que ser espectaculares

Cuando pensamos en experimentos para niños es fácil imaginar volcanes de bicarbonato, líquidos de colores y montajes llamativos.

Pueden ser divertidos, por supuesto.

Pero experimentar significa algo mucho más amplio.

Podemos comprobar qué objetos atrae un imán.

Observar cuánto tarda en derretirse un cubito de hielo en diferentes lugares.

Plantar dos semillas y cambiar alguna de sus condiciones.

Mezclar colores.

Comparar qué materiales absorben mejor el agua.

Observar cómo cambia una sombra a distintas horas.

Lo importante no es conseguir un resultado espectacular.

Lo interesante está en preguntar antes:

«¿Qué crees que va a pasar?»

Y después:

«¿Ha ocurrido lo que esperabas?»

Ese pequeño intervalo entre lo que imaginábamos y lo que sucede realmente es uno de los lugares más fértiles para la curiosidad.


Crear una colección de cosas aparentemente insignificantes

Una piedra, una hoja seca o una pluma encontrada durante un paseo pueden parecer objetos sin importancia.

Hasta que empezamos a compararlos.

Podemos crear pequeñas colecciones familiares de hojas, fotografías de nubes, piedras curiosas o dibujos de insectos observados durante nuestros paseos.

Después llega la clasificación.

¿Cuáles se parecen?

¿Cuáles son diferentes?

¿Qué tienen en común?

¿Por qué esta piedra es más lisa?

¿De qué árbol será esta hoja?

No es necesario convertir la actividad en una ficha escolar. Podemos simplemente colocar los objetos sobre una mesa y hablar sobre ellos.

Coleccionar obliga a hacer algo que utilizamos constantemente para comprender el mundo: encontrar semejanzas, reconocer diferencias y establecer categorías.


Un museo diminuto en casa

También podemos ir un poco más lejos.

Una caja, una estantería o una parte de una mesa pueden convertirse temporalmente en un pequeño museo.

Cada niño elige algunos objetos.

Después prepara una etiqueta:

  • Nombre del objeto
  • Dónde lo encontró
  • Qué cree que es
  • Qué le resulta curioso
  • Qué le gustaría averiguar

Una piedra deja entonces de ser simplemente una piedra.

Se convierte en una pieza que merece ser observada, descrita e investigada.

Y el niño deja de comportarse únicamente como alguien que recibe información para asumir otro papel: el de quien selecciona, organiza y explica lo que ha descubierto.


Investigar aquello que ya les interesa

No todas las curiosidades empiezan mirando una hoja o realizando un experimento.

Muchas nacen de intereses muy concretos.

Hay épocas en las que algunos niños quieren saberlo absolutamente todo sobre dinosaurios. Otros se fascinan con los animales, el espacio, los castillos o las historias de dioses y monstruos.

Esos intereses pueden aprovecharse como punto de partida para pequeñas investigaciones.

Con «Mi Gran Libro de Dinosaurios», por ejemplo, una curiosidad sobre el Tyrannosaurus rex puede conducir a preguntarse cómo sabemos qué comían animales extinguidos hace millones de años.

«Mi Gran Libro de Animales» puede llevar a comparar especies y hábitats.

«Mi Gran Libro del Espacio» puede provocar preguntas sobre los planetas, los astronautas o las enormes distancias del universo.

Y «Mi Gran Libro de Mitología Griega» permite descubrir algo diferente: que también podemos investigar las historias que las sociedades han utilizado para explicar el mundo.

En BrincaLibro intentamos que las actividades y curiosidades no funcionen únicamente como información que hay que leer. Nos interesa especialmente aquello que sucede después:

«¿Y por qué?»

«¿Y cómo lo sabemos?»

«¿Y si buscamos más?»


Inventar antes de buscar la respuesta

Hay un ejercicio muy sencillo que podemos hacer cuando aparece una pregunta.

Antes de buscar la respuesta en Internet o en un libro, proponemos varias explicaciones posibles.

¿Por qué tienen manchas las jirafas?

¿Por qué la Luna parece cambiar de forma?

¿Por qué algunas aves emigran?

No importa si las primeras explicaciones son incorrectas.

Podemos anotarlas.

Después investigamos.

Finalmente comparamos nuestras ideas iniciales con lo que hemos descubierto.

Esto introduce algo especialmente valioso: aprender no consiste únicamente en encontrar información, sino también en revisar lo que creíamos saber.


Fotografiar preguntas

Un móvil también puede utilizarse como herramienta de exploración.

Durante un paseo, un adulto puede ayudar al niño a fotografiar cosas que le llamen la atención.

Una grieta extraña en una pared.

Un insecto.

Una señal.

Una planta desconocida.

Una forma curiosa en una nube.

Un edificio.

La condición es sencilla: cada fotografía debe ir acompañada de una pregunta.

Al volver a casa tendremos una pequeña colección de misterios.

No es necesario resolverlos todos.

Podemos escoger uno.

Así evitamos que la tecnología sustituya la observación. La utilizamos precisamente para prolongarla.


Construir para averiguar

Otra manera de investigar consiste en fabricar algo.

¿Cómo construiríamos un puente utilizando solamente papel?

¿Podemos crear una torre con diez piezas?

¿Qué tipo de avión de papel llegará más lejos?

¿Cómo protegeríamos un huevo para que no se rompiera al caer desde cierta altura?

Aquí la curiosidad se mezcla con el diseño.

Hay que imaginar una solución, construirla, probarla y modificarla cuando no funciona.

El error deja entonces de ser el final de la actividad.

Se convierte en información.

Si la torre cae, sabemos algo que antes no sabíamos sobre nuestra torre.

Ahora podemos cambiarla.


Resolver un misterio también es investigar

No todas las investigaciones necesitan materiales físicos.

Un misterio obliga igualmente a reunir información, distinguir aquello que importa de lo accesorio y construir una explicación.

Ese es precisamente el mecanismo de «Mi Gran Libro de Detectives», pensado para niños y niñas de 6 a 10 años. Sus diez casos, misterios, pistas y enigmas plantean situaciones en las que hay que observar, relacionar datos y razonar antes de llegar a una solución.

El juego detectivesco tiene una ventaja especial: convierte la atención en parte de la aventura.

Una pista pequeña puede cambiar completamente una explicación.

Y eso enseña algo que trasciende el propio juego: antes de sacar una conclusión conviene mirar bien las evidencias.


Llevar un cuaderno de descubrimientos

No hace falta escribir un diario todos los días.

Podemos reservar un cuaderno exclusivamente para aquellas cosas que despierten curiosidad.

En él caben muchas cosas: dibujos de algo que hemos observado, preguntas que todavía no sabemos responder, resultados de pequeños experimentos, hojas pegadas, mapas, inventos, palabras nuevas, fotografías o ideas que queremos comprobar otro día.

Con el paso del tiempo ocurre algo interesante.

El cuaderno deja de ser únicamente un conjunto de actividades.

Se convierte en el registro de cómo ha ido cambiando la forma de mirar el mundo.


Cinco pequeñas investigaciones para empezar hoy

No necesitan preparación especial.

¿Qué flota? Reunid cinco objetos, decidid cuáles creéis que flotarán y comprobadlo.

La sombra viajera. Elegid una sombra y observad su posición varias veces durante el día. ¿Permanece en el mismo lugar?

Detectives de hojas. Recoged algunas hojas caídas e intentad clasificarlas sin buscar todavía sus nombres.

El objeto misterioso. Elegid un objeto cotidiano e intentad averiguar cómo funciona, de qué materiales está hecho y por qué tiene esa forma.

La pregunta de la semana. Escoged una pregunta que nadie de la familia sepa responder. Durante unos días podéis reunir pistas, consultar libros o buscar información hasta encontrar una explicación satisfactoria.

No importa demasiado completar las cinco.

Una sola puede acabar llevando mucho más lejos de lo previsto.


Cuidado con convertir la curiosidad en otra obligación

Aquí existe una frontera importante.

Si cada pregunta infantil termina inevitablemente en un proyecto, un experimento y una investigación dirigida por un adulto, corremos el riesgo de conseguir justamente lo contrario de lo que pretendíamos.

La curiosidad necesita también libertad.

Algunas preguntas merecen una investigación.

Otras pueden quedarse flotando durante un tiempo.

Y algunas desaparecerán cinco minutos después porque otra cosa habrá captado la atención.

No pasa nada.

El objetivo no es fabricar pequeños investigadores permanentemente ocupados.

Es permitir que descubran que, cuando algo les interesa de verdad, disponen de herramientas para intentar comprenderlo.


Aprender a descubrir

Preguntar es una capacidad extraordinariamente natural durante la infancia.

Lo que podemos ayudar a desarrollar después es todo lo que viene a continuación.

Observar.

Imaginar una explicación.

Probar.

Equivocarse.

Comparar.

Buscar información.

Cambiar de idea.

Y volver a preguntar.

En BrincaLibro entendemos el aprendizaje desde esa combinación de curiosidad, juego y participación activa. Por eso muchos de nuestros libros mezclan conocimientos con actividades, dibujos, misterios y retos que invitan a hacer algo con aquello que se está descubriendo.

Porque conocer la respuesta puede ser interesante.

Pero aprender que uno mismo puede salir a buscarla abre una puerta mucho mayor.

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