Cómo fomentar la curiosidad en niños y niñas sin convertir cada pregunta en una lección
Preguntar, observar, imaginar y buscar respuestas son formas naturales de descubrir el mundo. La curiosidad infantil no necesita grandes recursos para crecer: muchas veces basta con escuchar una pregunta y resistir la tentación de responder demasiado rápido
«¿Por qué la Luna nos sigue cuando vamos en coche?»
«¿Los peces tienen sed?»
«¿Cómo sabe una semilla que tiene que crecer hacia arriba?»
«¿Por qué no vemos el aire?»
Quien convive con niños sabe que una pregunta aparentemente sencilla puede aparecer en cualquier momento. Durante el desayuno, camino del colegio, mirando por la ventana o justo cuando un adulto creía que había terminado una conversación.
Algunas preguntas tienen una respuesta relativamente fácil. Otras necesitan una explicación bastante más complicada. Y unas cuantas nos obligan a reconocer algo que los adultos no siempre llevamos bien:
«No lo sé».
Pero quizá lo más interesante de la curiosidad infantil no sea encontrar inmediatamente una respuesta.
A veces, lo verdaderamente valioso ocurre entre la pregunta y la respuesta.
La curiosidad empieza cuando algo deja de parecernos normal
Los adultos vivimos rodeados de cosas que hemos aprendido a ignorar.
Sabemos que al abrir un grifo sale agua. Que las sombras cambian a lo largo del día. Que algunas hojas caen en otoño. Que una cuchara dentro de un vaso de agua parece doblarse. Que la Luna unas noches está completa y otras apenas muestra una pequeña parte.
Nos hemos acostumbrado.
Un niño todavía no.
Y precisamente ahí aparece una de las grandes ventajas de la infancia: buena parte del mundo continúa siendo nueva.
La curiosidad surge cuando algo llama nuestra atención y descubrimos que todavía no lo comprendemos del todo.
Por eso fomentar la curiosidad infantil no consiste necesariamente en proporcionar constantemente nuevos estímulos. También puede consistir en ayudar a mirar con más atención aquello que ya estaba delante.
Escuchar la pregunta antes de buscar la respuesta
Cuando un niño pregunta algo, nuestra reacción habitual suele ser responder.
Tiene sentido.
Pregunta porque quiere saber y nosotros intentamos explicárselo.
Sin embargo, podemos probar de vez en cuando algo diferente:
«¿Tú qué crees?»
Una pregunta tan sencilla cambia la situación.
Ahora el niño tiene que recuperar lo que sabe, imaginar posibilidades, establecer relaciones y construir una explicación provisional.
Quizá sea correcta.
Quizá no tenga absolutamente nada que ver con la realidad.
No importa demasiado en ese primer momento.
Si pregunta por qué flotan las nubes y responde que «porque pesan muy poquito», ya tenemos un punto desde el que empezar a conversar.
La curiosidad no consiste únicamente en acumular respuestas. También implica aprender a formular preguntas, proponer explicaciones y comprobar después si nuestras ideas funcionan.
El «no lo sé» también puede ser una buena respuesta
Los adultos no tenemos por qué saberlo todo.
De hecho, reconocerlo puede abrir una posibilidad mucho más interesante:
«No lo sé. ¿Cómo podríamos averiguarlo?»
A partir de ahí empieza otra clase de aprendizaje.
Podemos buscar información juntos, consultar un libro, realizar un pequeño experimento o simplemente observar durante unos días.
La respuesta deja de llegar cerrada desde el adulto y se convierte en una pequeña investigación compartida.
Esto permite transmitir una idea importante: desconocer algo no es un fracaso.
Es el punto de partida para descubrirlo.
Salir a buscar preguntas
No hace falta organizar una gran excursión para explorar.
Un parque puede ser suficiente.
También una terraza, el camino hasta el colegio o incluso una habitación.
Podemos fijarnos en las formas de las hojas, comparar piedras, observar hormigas, buscar huellas, descubrir pequeñas diferencias entre flores o preguntarnos por qué determinados objetos producen sombras distintas.
Una lupa puede transformar algo tan cotidiano como una hoja en un territorio completamente nuevo.
Y ni siquiera necesitamos la lupa.
Podemos proponer un pequeño juego:
«Vamos a encontrar cinco cosas que nunca habíamos observado aquí».
Probablemente estaban allí ayer.
La diferencia es que hoy estamos mirando.
Convertirse durante un rato en detectives
Una buena forma de estimular la observación consiste en transformar una pregunta en un pequeño misterio.
¿Por qué hay agua debajo de un vaso frío?
¿Por qué algunas cosas flotan y otras se hunden?
¿Qué objeto de esta habitación produce la sombra más extraña?
¿Cuántas formas geométricas podemos encontrar sin movernos de aquí?
El juego funciona porque cambia la relación del niño con su entorno.
Ya no tiene que esperar a que alguien le enseñe algo interesante.
Tiene que encontrarlo.
Esa idea está muy presente en Mi Gran Libro de Detectives, de BrincaLibro, donde los niños de 6 a 10 años se enfrentan a casos, pistas y enigmas en los que observar los detalles es parte fundamental del juego.
Resolver un misterio exige algo que también utilizamos fuera de los libros: mirar, comparar, descartar posibilidades y preguntarse qué información puede habérsenos escapado.
Una imagen absurda puede provocar grandes preguntas
La curiosidad tampoco necesita partir siempre del mundo real.
A veces funciona precisamente al revés.
Imaginemos una habitación en la que hay un muñeco de nieve sentado en el sofá, un gato leyendo dentro de una taza y unas mariposas saliendo de una tostadora.
Algo no encaja.
Y nuestro cerebro intenta averiguar qué ocurre.
Podemos preguntar:
«¿Qué cosas son imposibles en esta imagen?»
«¿Cuál te parece más extraña?»
«¿Cómo habrá llegado el muñeco de nieve hasta ahí?»
«¿Qué podría ocurrir cinco minutos después?»
Este es el planteamiento de ¿Qué Está Pasando Aquí?: Imágenes imposibles y preguntas creativas para desarrollar la imaginación y el pensamiento lógico (4 a 8 años).
Las situaciones absurdas funcionan como detonantes. Primero aparece la sorpresa. Después la observación. Finalmente llegan las explicaciones y las historias.
Una imagen puede contener muchas más preguntas de las que parece.
Aprovechar aquello que ya les fascina
Hay niños que atraviesan épocas en las que prácticamente todo gira alrededor de un tema.
Dinosaurios.
Animales.
Planetas.
Castillos.
Mitología.
En lugar de considerar esas obsesiones pasajeras como algo que hay que superar, podemos utilizarlas como puertas de entrada hacia nuevos conocimientos.
Un niño fascinado por los dinosaurios puede empezar preguntando cuál era el más grande y terminar descubriendo qué es un fósil, por qué sabemos que existieron animales desaparecidos o cómo ha cambiado la Tierra.
Quien siente fascinación por el espacio puede comenzar queriendo saber cuánto tardaría en llegar a Marte y acabar preguntándose por la gravedad, las estrellas o por qué existen el día y la noche.
Por eso libros de BrincaLibro como Mi Gran Libro de Dinosaurios, Mi Gran Libro de Animales, Mi Gran Libro del Espacio o Mi Gran Libro de Mitología Griega combinan curiosidades con dibujos, juegos y actividades.
El objetivo no es únicamente ofrecer información.
Es provocar la siguiente pregunta.
De observar a crear
La curiosidad no tiene por qué terminar cuando encontramos una respuesta.
Podemos continuar.
Después de observar una hoja, podemos dibujarla.
Después de descubrir un animal, imaginar cómo sería vivir en su hábitat.
Después de conocer un planeta, inventar una expedición hasta allí.
Después de leer un mito griego, crear nuestra propia criatura fantástica.
Esta transición entre observar, comprender y crear es especialmente interesante porque el conocimiento deja de ser algo que simplemente recibimos.
El niño empieza a utilizarlo.
Incluso un garabato puede servir.
En Garabatos Locos: Libro de actividades para completar dibujos y despertar la imaginación, una forma incompleta puede transformarse en multitud de cosas diferentes. La pregunta ya no es «¿qué es esto?», sino «¿qué podría ser?».
Parece un cambio pequeño.
No lo es.
Cuatro retos de curiosidad para probar en casa
Podemos empezar sin preparar prácticamente nada.
Detectives de la casa. Hay que encontrar cinco objetos o detalles que normalmente pasan desapercibidos. Después podemos preguntarnos para qué sirven, quién los colocó allí o desde cuándo están.
Cazadores de formas. Miramos nubes, sombras, hojas, manchas o piedras e intentamos descubrir figuras conocidas. Dos personas pueden mirar exactamente lo mismo y ver cosas completamente distintas.
Inventores de preguntas. Durante cinco minutos no buscamos respuestas. Solo preguntas. Podemos escribirlas o dibujarlas. Al terminar elegimos una e intentamos investigarla.
Exploradores fotográficos. Con ayuda de un adulto, fotografiamos pequeños detalles que nos resulten curiosos durante un paseo. Después intentamos recordar dónde estaban y explicar por qué llamaron nuestra atención.
No hay ganadores.
Tampoco hace falta convertir los retos en deberes.
La intención es entrenar algo mucho más sencillo: mirar aquello que normalmente no miramos.
No todas las preguntas necesitan una respuesta inmediata
Existe cierta tendencia adulta a convertir cualquier momento de curiosidad infantil en una pequeña clase.
El niño encuentra una piedra.
Nosotros explicamos los minerales.
Ve una hormiga.
Le contamos cómo funciona una colonia.
Pregunta por la Luna.
Cinco minutos después estamos explicando las fases lunares.
La intención es buena, pero podemos terminar haciendo algo paradójico: apagar precisamente la curiosidad que queríamos alimentar.
A veces conviene proporcionar información.
Otras veces basta con preguntar.
«¿Qué has visto?»
«¿Qué te llama la atención?»
«¿Por qué crees que ocurre?»
«¿Cómo podríamos comprobarlo?»
Y esperar.
Dejar que se equivoquen también forma parte del descubrimiento
Si preguntamos «¿por qué crees que ocurre?» tenemos que aceptar que la respuesta puede ser equivocada.
De lo contrario, la pregunta era una trampa.
No buscábamos realmente conocer su razonamiento, sino que adivinaran nuestra respuesta.
Una hipótesis infantil incorrecta puede resultar enormemente útil porque permite continuar investigando.
«¿Cómo podríamos comprobar si es así?»
Entonces aparece la observación, la comparación o la búsqueda de información.
Equivocarse deja de significar «hacerlo mal» y pasa a formar parte del camino hasta una explicación mejor.
La curiosidad también se aprende viendo a otros sentir curiosidad
Los niños observan cómo reaccionamos los adultos ante aquello que desconocemos.
Si nunca preguntamos, si fingimos saberlo todo o si buscamos inmediatamente una respuesta en el teléfono, transmitimos una determinada manera de relacionarnos con el conocimiento.
Podemos mostrar otra.
«Nunca me había fijado en eso».
«Qué raro».
«No tengo ni idea».
«Vamos a intentar averiguarlo».
La curiosidad puede ser compartida.
Y cuando un adulto se sorprende de verdad ante algo, deja de interpretar durante unos minutos el papel de quien enseña para convertirse también en alguien que descubre.
Una pregunta puede ser el principio de muchas cosas
No sabemos qué preguntas recordará un niño dentro de veinte años.
Probablemente olvidará la inmensa mayoría.
Pero aprender que puede preguntar, observar, imaginar, equivocarse, investigar y volver a preguntar es algo bastante más duradero que memorizar una colección de respuestas.
En BrincaLibro nos gusta trabajar precisamente desde esa idea. Nuestros libros utilizan actividades, juegos, dibujos, misterios y curiosidades para que el aprendizaje no termine en la página.
Porque detrás de un dinosaurio puede aparecer una pregunta sobre el pasado.
Detrás de una estrella, otra sobre el universo.
Detrás de una pista, un misterio que resolver.
Y detrás de algo tan sencillo como una hoja encontrada en el suelo puede esconderse una pregunta que nadie había formulado todavía.
Solo hacía falta detenerse a mirar.

Comentarios
Publicar un comentario