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Libros para colorear para niños: mucho más que pintar dibujos

Colorear sigue siendo una de las actividades infantiles más sencillas y accesibles, pero detrás de unos lápices y una página en blanco hay también observación, coordinación, creatividad y, sobre todo, una oportunidad para disfrutar sin necesidad de convertir cada momento en una lección

Hay actividades infantiles que aparecen, desaparecen y vuelven unos años después convertidas en novedad. Y luego están los lápices de colores.

Una caja de pinturas, un dibujo y un niño dispuesto a decidir si aquel dinosaurio será verde, naranja o completamente morado.

No hace falta mucho más.

Los libros para colorear llevan generaciones formando parte de la infancia precisamente porque parten de algo muy sencillo. No necesitan instrucciones complicadas, pueden utilizarse casi en cualquier lugar y permiten que cada niño haga algo diferente con la misma página.

Pero reducirlos a una forma de mantener entretenidos a los niños sería quedarse solo con una parte de la historia.


Colorear no consiste únicamente en rellenar espacios

Para un adulto, colorear un dibujo puede parecer una actividad elemental. Para un niño pequeño ocurren bastantes cosas al mismo tiempo.

Tiene que sujetar el lápiz, dirigirlo hacia una zona concreta, controlar la presión, cambiar de dirección cuando aparece un borde, elegir colores y decidir qué quiere hacer con cada elemento.

A veces intentará no salirse.

Otras se saldrá muchísimo.

Y otras decidirá que el cielo es verde porque ese día le apetece que sea verde.

Las tres cosas forman parte de la experiencia.

El objetivo no debería ser conseguir dibujos perfectos, sino ofrecer un espacio en el que pueda practicar el movimiento de la mano mientras toma pequeñas decisiones por sí mismo.


La mano necesita practicar antes de escribir

Mucho antes de que un niño escriba con soltura, necesita aprender a controlar movimientos bastante precisos de dedos, mano y muñeca.

Pintar ofrece una forma natural de practicar esos movimientos.

Los primeros trazos suelen ser amplios. Poco a poco aparece mayor control. El niño empieza a ajustar el movimiento al espacio disponible, cambia la presión que ejerce sobre el lápiz y consigue trabajar sobre zonas más pequeñas.

Por eso no tiene demasiado sentido obsesionarse con que «no se salga».

Salirse también forma parte del proceso.

Un dibujo con contornos amplios permite movimientos grandes. Otro con detalles pequeños exige mayor precisión. La dificultad puede aumentar poco a poco, acompañando la evolución del niño sin convertir la página en un examen.


Elegir un color también es tomar una decisión

«¿De qué color pinto el dragón?»

Puede parecer una pregunta sin importancia.

Pero alguien tiene que responderla.

Y ese alguien es el niño.

Rojo.

Verde.

Azul.

Todos a la vez.

En muchas actividades infantiles existe una respuesta correcta que hay que encontrar. Colorear introduce algo diferente. Hay decisiones que no necesitan una solución correcta.

Un elefante puede ser gris si el niño quiere representar un elefante real. También puede ser amarillo con lunares azules si quiere inventar uno.

Ambas posibilidades tienen sentido.

Esa libertad es importante porque permite experimentar sin que cada elección termine inmediatamente en «bien» o «mal».


Los colores pueden servir para mirar mejor

Aprender los nombres de los colores es solo una parte.

Cuando un niño colorea también empieza a percibir diferencias, semejanzas y combinaciones.

¿Qué ocurre si utiliza dos tonos de verde?

¿Y si pinta todos los objetos iguales del mismo color?

¿Qué parte del dibujo destaca más?

¿Dónde termina una figura y comienza otra?

El color puede convertirse así en una herramienta para observar.

Esto resulta especialmente interesante cuando el dibujo está integrado en una actividad. Buscar determinados elementos y después colorearlos, completar una figura, distinguir formas o contar objetos antes de pintarlos añade una finalidad diferente al simple relleno de una ilustración.


No todos los libros para colorear tienen que ser iguales

Durante mucho tiempo hemos asociado el libro para colorear con una estructura muy concreta: dibujo en negro, caja de lápices y a pintar.

Pero las posibilidades son bastante mayores.

Un libro puede combinar dibujos para colorear con trazos, laberintos, números, simetrías, búsqueda de objetos, actividades de observación o espacios en los que el niño tenga que terminar una ilustración.

La diferencia es importante.

En un caso, el niño recibe una imagen prácticamente terminada.

En otro, participa en su construcción.

Por eso, al elegir un libro infantil, puede ser interesante mirar más allá de la portada y preguntarse qué tendrá que hacer realmente el niño cuando lo abra.


Terminar un dibujo cambia por completo la experiencia

Imaginemos que en una página solo aparece media mariposa.

La otra mitad está vacía.

Ahora ya no basta con elegir colores.

Hay que observar.

¿Dónde empieza la otra ala?

¿Qué forma tiene?

¿Qué elementos deberían repetirse?

¿Cómo podemos conseguir que ambos lados se parezcan?

En El reto del espejo mágico, por ejemplo, el dibujo se combina con actividades de simetría sobre cuadrícula. El niño debe observar una mitad y reconstruir la otra paso a paso antes de colorearla.

Aquí el color llega después de haber resuelto un pequeño problema visual.

Y precisamente esa mezcla puede hacer que una actividad aparentemente sencilla resulte mucho más interesante.


Un garabato puede convertirse en cualquier cosa

También podemos hacer justo lo contrario.

En lugar de ofrecer un dibujo casi terminado, podemos proporcionar únicamente el comienzo.

Una línea.

Una forma.

Unas curvas.

¿Qué puede salir de ahí?

En Garabatos Locos: Libro de actividades para completar dibujos y despertar la imaginación, la propuesta parte precisamente de esa idea. El niño recibe elementos incompletos y tiene que decidir en qué convertirlos.

La página deja de decirle qué debe pintar.

Le pregunta qué ve.

Dos niños pueden partir exactamente del mismo garabato y terminar creando dibujos completamente diferentes.

Ahí el coloreado no es el centro de la actividad, sino una parte de un proceso creativo más amplio.


También se puede colorear mientras se aprende sobre algo

Dinosaurios, animales, espacio, mitología, castillos...

Una de las ventajas de los libros de actividades es que permiten utilizar temas que ya despiertan curiosidad en los niños.

Un niño fascinado por los dinosaurios probablemente no perciba igual una ficha genérica que una página en la que aparece un Triceratops. Quien siente curiosidad por los planetas puede acercarse con más ganas a una actividad protagonizada por el sistema solar.

Por eso en libros de BrincaLibro como Mi Gran Libro de Dinosaurios, Mi Gran Libro de Animales o Mi Gran Libro del Espacio, los dibujos para colorear conviven con curiosidades, juegos y actividades relacionadas con el tema.

El dibujo funciona entonces como una puerta de entrada.

Primero llama la atención.

Después invita a hacer algo.

Y, casi sin darse cuenta, el niño puede terminar preguntando por qué el Triceratops tenía cuernos, dónde viven los pandas o qué planeta tiene anillos.


Pintar números es diferente a memorizar números

El color también puede acompañar aprendizajes muy concretos.

Pensemos en las primeras cifras.

Para un niño que empieza a reconocerlas, el 5 no posee todavía todo el significado que tiene para un adulto. Es también una forma que necesita aprender a distinguir.

Puede verla.

Repasarla.

Dibujarla.

Relacionarla con cinco objetos.

Y colorearla.

En Los números: Completa las actividades, crea y colorea, estas acciones aparecen combinadas para que las cifras del 0 al 9 no se trabajen únicamente mediante repetición.

La pintura se integra en una experiencia más amplia de reconocimiento, trazo y cantidad.


Incluso las emociones pueden tener color

Hay algo especialmente interesante en pedir a un niño que represente gráficamente cómo se siente.

No siempre es fácil explicar una emoción con palabras.

A veces resulta más sencillo empezar por una cara, una expresión o un color.

Emociones: ¡Completa las actividades, crea y colorea! utiliza precisamente actividades visuales y creativas para acercar a los más pequeños a diferentes emociones.

Aquí tampoco se trata de buscar «el color correcto» de la alegría, la tristeza o el enfado.

No existe.

Lo interesante está en la conversación que puede aparecer alrededor del dibujo.

«¿Por qué lo has pintado así?»

La respuesta puede ser mucho más reveladora que el propio dibujo.


Colorear juntos sin dirigirlo todo

Los libros para colorear también pueden convertirse en una actividad compartida.

Pero compartir no significa corregir constantemente.

Si el adulto decide los colores, indica dónde pintar, corrige cada salida del contorno y termina arreglando aquello que el niño «ha hecho mal», la actividad deja rápidamente de pertenecerle.

Puede resultar más interesante acompañar de otra manera.

Preguntar qué está dibujando.

Dejarle explicar por qué eligió determinado color.

Pintar otra página a su lado.

Comentar algún detalle curioso.

O simplemente estar allí.

No todas las actividades infantiles necesitan convertirse en una sesión educativa perfectamente organizada.

A veces basta con sentarse juntos y abrir la caja de lápices.


¿Rotuladores, ceras o lápices de colores?

No existe una única opción.

Cada material produce una experiencia diferente.

Las ceras permiten trazos amplios y suelen funcionar bien cuando todavía hay poco control fino. Los lápices ofrecen mayor precisión y permiten variar la intensidad según la presión. Los rotuladores proporcionan colores intensos, aunque requieren tener en cuenta el tipo y grosor del papel porque la tinta puede traspasarlo.

También puede ser divertido combinar materiales.

Un mismo dibujo cambia mucho dependiendo de cómo se complete.

Y experimentar forma parte de la actividad.


Un libro para colorear no debería convertirse en otra obligación

Este quizá sea el punto más importante.

Si colorear termina convirtiéndose en una tarea que hay que hacer correctamente, deprisa y siguiendo instrucciones constantes, pierde buena parte de aquello que lo hace atractivo.

No pasa nada si un niño deja una página a medias.

No pasa nada si vuelve a ella tres días después.

No pasa nada si utiliza colores imposibles.

Y tampoco pasa nada si hoy no quiere pintar.

Los libros infantiles funcionan mejor cuando están disponibles como invitación y no como imposición.


Una actividad sencilla que sigue teniendo sentido

En una época llena de estímulos rápidos, pantallas y contenidos que cambian continuamente, hay algo casi sorprendente en la permanencia de una actividad tan elemental.

Abrir un libro.

Elegir un lápiz.

Empezar a pintar.

Quizá los libros para colorear siguen funcionando precisamente porque no necesitan demasiado.

En BrincaLibro intentamos partir de esa sencillez y llevarla un poco más lejos. Por eso el dibujo y el color aparecen en muchos de nuestros libros junto a retos, historias, números, emociones, curiosidades, juegos de observación o actividades creativas.

Porque colorear puede ser simplemente colorear.

Y está perfectamente bien.

Pero una página también puede convertirse en el comienzo de una pregunta, una historia, un descubrimiento o una idea que todavía no existía hasta que un niño cogió un lápiz y decidió qué hacer con ella.

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