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Cómo ayudar a los niños a comprender el paso del tiempo: del «ayer» al «cuando yo era pequeño»

¿Por qué los niños confunden el ayer y el mañana?

«¿Cuántos días faltan para mi cumpleaños?», «¿Eso pasó ayer?» o «¿Tú también fuiste pequeño?». Comprender el paso del tiempo es uno de esos aprendizajes infantiles que parecen sencillos hasta que intentamos explicarlos. Por suerte, no hacen falta relojes complicados ni largas lecciones: la vida cotidiana ofrece muchas oportunidades para descubrir cómo se relacionan el pasado, el presente y el futuro.

Para los adultos, distinguir entre ayer, hoy y mañana resulta casi automático. Sabemos que una semana tiene siete días, que los cumpleaños llegan una vez al año y que nuestros abuelos vivieron acontecimientos que nosotros no conocimos.

Pero los niños tienen que construir poco a poco esas nociones.

Durante los primeros años, el tiempo se comprende principalmente a través de experiencias concretas: levantarse, desayunar, ir al colegio, jugar, cenar y dormir.

Expresiones como «la semana que viene» o «hace tres meses» pueden resultarles difíciles porque se refieren a períodos que no pueden observar directamente.

Por eso, cuando un niño pregunta veinte veces cuánto falta para una celebración, no siempre es por impaciencia. Puede que todavía no tenga una representación clara de cuánto dura la espera.

Comprender el tiempo no consiste únicamente en aprender a leer un reloj. También significa descubrir que las cosas suceden en un orden, tienen una duración y forman parte de una historia.


Empezar por lo que conocen

Una buena manera de introducir estas ideas es hablar de acontecimientos cercanos.

En lugar de explicar qué significa una semana de manera abstracta, podemos relacionarla con actividades conocidas.

«Hoy es lunes y tienes entrenamiento».

«Mañana iremos a visitar a los abuelos».

«El sábado pasado fuimos al parque».

También podemos recordar juntos lo que ocurrió durante el día.

¿Qué hicimos antes de comer?

¿Qué pasó después de salir del colegio?

¿Qué vamos a preparar para mañana?

Estas conversaciones ayudan a organizar los acontecimientos y a utilizar palabras como «antes», «después», «ayer» o «pronto» en situaciones que tienen sentido para ellos.

No necesitamos corregir constantemente cada confusión. Podemos reformular sus frases con naturalidad y dejar que vayan incorporando las referencias temporales.


Un calendario que puedan utilizar

Los calendarios resultan especialmente útiles cuando dejan de ser un objeto que solamente manejan los adultos.

Podemos colocar uno en un lugar visible y señalar acontecimientos importantes: cumpleaños, excursiones, visitas familiares o vacaciones.

Si faltan cinco días para una celebración, el niño puede ir marcándolos a medida que pasan.

De esta forma, algo tan abstracto como «faltan cinco días» empieza a tener una representación concreta.

Con los más pequeños funcionan mejor los calendarios sencillos, con dibujos y pocas actividades señaladas.

Conforme crecen, podemos introducir los meses, las estaciones y la duración aproximada de diferentes acontecimientos.

Eso sí, conviene recordar que conocer los nombres de los meses no significa comprender automáticamente cuánto tiempo representa cada uno.


Las fotografías familiares también enseñan historia

Hay una actividad especialmente interesante que apenas requiere preparación: mirar fotografías antiguas.

Podemos enseñarles imágenes de cuando eran bebés, de sus primeros cumpleaños o de algún viaje familiar.

Después, buscar fotografías de sus padres cuando eran pequeños.

Y, si tenemos la oportunidad, de sus abuelos.

Las preguntas aparecen casi solas.

«¿Por qué llevabas esa ropa?»

«¿Ese coche es antiguo?»

«¿Dónde estabais viviendo?»

«¿Por qué no teníais móviles?»

A través de esas imágenes, los niños empiezan a comprender que las personas cambian, que las familias tienen una historia y que el mundo no siempre ha sido exactamente como lo conocen.

Es una primera aproximación al pensamiento histórico, mucho antes de estudiar fechas y acontecimientos en el colegio.


Cuatro juegos para descubrir el paso del tiempo

Podemos reforzar estas nociones con actividades sencillas.

1. Ordenamos nuestra historia. Elegimos cuatro o cinco fotografías de diferentes momentos de la vida del niño y le proponemos colocarlas desde la más antigua hasta la más reciente.

2. Antes, ahora y después. Dibujamos tres escenas de una actividad cotidiana. Por ejemplo, plantar una semilla, verla germinar y observar cómo crece. Después las ordenamos.

3. El calendario de las cosas importantes. Marcamos una actividad especial y contamos los días que faltan. Cada jornada podemos tachar una casilla.

4. El museo de cuando éramos pequeños. Reunimos algunos objetos familiares, como un juguete antiguo, una fotografía o un libro de otra época. Hablamos sobre quién los utilizaba y qué ha cambiado desde entonces.

No es necesario convertir estas propuestas en ejercicios escolares. Pueden surgir durante una conversación, una tarde en familia o mientras ordenamos un cajón.


No todos los niños comprenden el tiempo al mismo ritmo

Algunos aprenden pronto a utilizar calendarios y relojes. Otros necesitan más experiencias antes de manejar con soltura las referencias temporales.

La edad influye, pero también la familiaridad con estas herramientas y las oportunidades de utilizarlas.

Lo importante es adaptar las explicaciones.

Para un niño pequeño, «después de merendar» puede ser mucho más comprensible que «dentro de dos horas».

Para uno mayor, preparar un calendario de vacaciones o calcular cuántos días faltan para una excursión puede convertirse en un pequeño reto.

No se trata de adelantar aprendizajes por obligación, sino de acompañar la comprensión del tiempo conforme aparece la necesidad de utilizarlo.


Crear recuerdos también ayuda a comprender el pasado

Hay otra manera de acercar a los niños al paso del tiempo: ofrecerles oportunidades para registrar sus propias experiencias.

Un dibujo de una excursión, una entrada guardada de un museo o unas frases sobre algo que les ha ocurrido pueden convertirse, meses después, en recuerdos que merece la pena recuperar.

Al volver a mirarlos, descubren que aquello sucedió en otro momento.

Que entonces eran un poco más pequeños.

Que algunas cosas han cambiado.

Y que otras siguen siendo importantes.

En BrincaLibro nos interesa especialmente esa relación entre aprendizaje, creatividad y experiencias personales. Por eso desarrollamos libros infantiles que combinan actividades, dibujos, juegos y espacios donde los niños pueden participar activamente, en lugar de limitarse a recibir información.

Una propuesta como «¡Ya casi llegamos! Mi Diario de Aventuras en Ruta» permite acompañar los viajes familiares con actividades y recuerdos que después pueden revisarse en casa.

También «Mi Diario del Camino del Rocío para Niños» está concebido para recoger dibujos, actividades y vivencias relacionadas con esa experiencia.

Son ejemplos de cómo un libro de actividades puede tener una segunda vida cuando volvemos a abrirlo tiempo después.

Porque una página que hoy contiene un dibujo puede convertirse mañana en el recuerdo de una tarde especial.

Y quizá esa sea una de las maneras más bonitas de empezar a comprender el tiempo: descubrir que lo que vivimos hoy, algún día, también será parte de nuestra historia.

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